TERRITORIOS QUE INSPIRAN / ENSAYO
Las certificaciones son, en muchos casos, un intento de traducción entre el saber del productor y el lenguaje del comprador. Pero la traducción no es neutral: hay una moderación activa entre quien habla y quien escucha. En el mercado del café, la traducción ostenta gran parte del poder para definier el valor.
En la antropología contemporánea, el concepto de línea abismal alude a la fractura radical que separa el conocimiento que cuenta del conocimiento que no. Al sur de la línea, se encuentran los saberes campesinos, los conocimientos indígenas o las prácticas tradicionales: todo lo que no encaja en la epistemología occidental y es automáticamente relegado a la categoría de creencia, superstición o folklore. Al otro lado de la línea, en el norte, se encuentra el conocimiento científico que se erige como universal, que tiene la capacidad de traducir el mundo, pero sin ser traducido por él. Vivimos en un mundo que finge que el conocimiento al lado norte de la línea es neutral. No lo es.
En el café, esa línea se traza todos los días: en las decisiones de compra, en los criterios de certificación, en las narrativas de marketing. Cada vez que un perfil sensorial se mide con estándares diseñados en laboratorios del Norte global, se está trazando una línea. Cada vez que una certificación pesa más que el testimonio de un campesino sobre su propia tierra, se está trazando una línea. Cada vez que la historia del origen se cuenta sin el origen, se está trazando una línea.
El conocimiento del productor sobre su suelo, su clima, sus tiempos de cosecha o sus variedades, es invisibilizado por un mercado que privilegia el saber de quien está al otro lado de la línea: el tostador, el catador o el importador. Sin embargo, esto no ocurre porque el saber del productor sea menos válido, sino porque el mercado no tiene herramientas para incorporarlo. Porque el productor, en el diseño del mercado, no es un sujeto de conocimiento sino un proveedor de materia prima. De modo que la narrativa del origen, de forma involuntaria o por la inercia del mercado, se convierte en un acto de apropiación.
Las certificaciones son, en muchos casos, un intento de traducción entre el saber del productor y el lenguaje del comprador. Son una forma de hacer visible lo que de otro modo sería invisible. Pero la traducción no es neutral. Traducir implica decidir qué se traduce, cómo se traduce y, sobretodo, qué se omite: hay una moderación activa entre quien habla y quien escucha. En el café, la mayoría de las veces, el traductor es el que tiene el poder de definir el valor: La estructura del mercado no está diseñada para incorporar el saber del productor sin mediación.
En consecuencia, la narrativa del origen, aunque sea de forma involuntaria o por la inercia del mercado, se convierte en un acto de apropiación. Y ahí es donde la línea abismal se vuelve un muro que separa al saber que puede ser capitalizado del saber que no. El productor sabe, pero su saber no tiene precio en el mercado. Entonces se toma prestado, se traduce, y el productor queda al sur de la línea, viendo cómo su historia viaja sin él. La historia que implica a la tierra, el clima, los saberes tradicionales o la herencia familiar es envuelta en un empaque bonito se vende sin que el productor tenga voz en cómo se cuenta.
Certificaciones tipo Bio, Fair Trade, la puntuación SCA, entre otras, son criterios diseñados desde el norte de la línea. La propia SCA reconoció las limitaciones de su sistema de 2004 y en 2025 lo reemplazó por el Coffee Value Assessment (CVA), con la promesa de evaluar el valor del café de forma más amplia, incluyendo su historia y sostenibilidad. Esa decisión, aunque insuficiente, es una señal: el problema es evidente incluso para quienes diseñan las herramientas.
El CVA sigue siendo una herramienta diseñada en el Norte para evaluar el producto del Sur, pero su existencia muestra que hay una conversación abierta. La pregunta es si esa conversación va a incluir al productor o si se conformará con darle al comprador un marco más sofisticado para fijar el precio de venta al consumidor final.
El trabajo de comunicar el origen es, entonces, un trabajo de traducción: traducir el saber del campo al lenguaje del mercado sin que el saber se pierda en el camino. Traducir implica decidir qué se traduce y qué se omite, quién habla y quién escucha. Y en la mayoría de los casos, el que traduce se convierte en el dueño de la historia. No se trata de un gesto técnico sino político.
En este contexto, ¿cómo lograr que la narrativa del origen, en lugar de funcionar como un mecanismo de extracción de valor simbólico, revierta en quienes lo producen?
¿Existen formas de convertir lo que ahora es un activo de márketing en una práctica de reconocimiento? La respuesta es sí.
Existe una alternativa para sortear la fractura del pensamiento abismal: la traducción intercultural, construida en el diálogo de las ausencias y de las presencias. El objetivo es desarrollar un lenguaje común entre distintos saberes, para que puedan dialogar sin que uno se imponga sobre el otro. Esto exige dos movimientos: el primero, uno alineado con las ausencias: hacer visible lo que ha sido activamente invisibilizado. El segundo, paralelo, desde las emergencias: detectar las señales de un futuro diferente que ya están brotando en el presente.
En el café, el movimiento de las ausencias nos permite ver que el saber del productor no ha sido borrado por casualidad, sino por un proceso sistemático de deslegitimación, pero es el movimiento de las emergencias el que nos muestra que ya hay actores dentro del sistema económico que están haciendo las cosas de otra manera: controlan la cadena de producción hasta la exporación, se enfrentan directamente al mercado mundial, financian proyectos sociales para fortalecer el tejido social de la comunidad en el territorio de origen.
No son ni el campesino explotado del relato victimista ni el empresario capitalista del relato neoliberal. Son figuras que habitan la contradicción, están dentro del mercado pero no se someten a él. Su revolución es silenciosa, tosca y muchas veces contradictoria.
El trabajo de quien comunica el origen no es apropiarse de esa revolución, sino traducirla para que el mercado pueda reconocerla sin destruirla. No se trata de salirse del mercado, sino de habitarlo de otra manera. De tender puentes entre el saber del productor y el lenguaje del comprador, sin que el saber se pierda en el camino.
La línea abismal es un límite que se mueve cuando los actores del sistema lo presionan. Como la gota de agua que cae incesante sobre el mismo punto de la roca hasta que la agrieta, así también el sistema puede fracturarse. El CVA es una gota. La conversación sobre el origen no se cierra con un sello. Se mantiene viva mientras haya quien la sostenga.
El trabajo de comunicar el origen sigue siendo un trabajo de traducción. Pero la traducción no tiene que ser percibida como un acto de poder. Puede ser un acto de escucha.